8 del 8 de 1993.
Asusta entrar a evocar
en el oído una pared,
llena de palabras pintadas
con las sonrisas, de
mirar al espejo y encontrarse
diferente de hace unos quince
años atrás
de encontrar pantalones y sandalias
rotas por jugar entre
los arboles
de pistolas que disparaban agua,
pero el agua de mar
destruía esas feroces armas.
El choque de una piedra y una bala
como sinónimo de la primera
guerra mundial que viví
en una pampa
con amigos, que sus nombres
no recuerdo.
Es cierto, le temo al mes
de agosto.
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